El 13 de julio de 1998 me pegué un empacho de Luis García Montero, estaba mal. Me había traído el viento un golpe de nostalgia de un paréntesis estúpido de mi vida, en que creí estar enamorado de verdad, un espejismo absurdo, un puro espejismo - también lo he pensado con t -. Escribí unas líneas poco después que hoy ilustro y completo con Nano Banana y Gemini... lo de la IA y Donostia es una chapuza evidente.
A LO LEJOS…
En el pais de los vascos, para el día de la virgen marinera del Carmen y no estás. La calzada empedrada de tu espalda la caminan otros dedos. Las colillas de tus pechos las apuran otros labios... Yo me apoyo en el atractivo vacío, mientras las gaviotas silenciosas planean en el viento. Punta Monpás tiene un mostacho blanco, No hay cuerpos desnudos en la arena -alguna vez en un espejismo me pareció verte pero nunca eras tú en los catalejos-, sólo negros adolescentes en sus tablas como animales marinos otean en espera de la mejor ola que tampoco llega nunca. Y ahora, el sonido de la resaca apenas tapa la música que pongo repetidamente -estos franceses de toda mi vida que ponen sus palabras como siquiatras alcohólicos a mi servicio-. Un velero entre las rompientes se escora con peligro. Cojo los catalejos una vez más: se llama "Zigor". Las gaviotas ya no están mudas, quizá se rían de mí, porque parece que te llamen…
El eco de la traición tiene un sabor a salitre y a tinta de periódico viejo. En la Zurriola, el aire pesa como una confesión que nadie se atreve a pronunciar en voz alta. Las gaviotas gritan tu nombre con esa crueldad de quien conoce de memoria mis derrotas. Ya no me sirve el refugio de los cantautores franceses; sus voces son ahora ceniza en el mismo cenicero donde tú olvidabas las horas. Me pregunto en qué redacción estarás dictando ahora la verdad, tú, que has convertido nuestra historia en una noticia de última hora, en un titular de sucesos que ya no me pertenece.
Miro el Zigor luchar contra el oleaje. Es un barco pequeño, obstinado, casi ridículo en su empeño de no hundirse. Me parezco a él: un casco golpeado por la desidia y una vela que todavía guarda el rastro de un viento que ya no sopla. Pero incluso el mar más amargo termina por devolver lo que no le pertenece a la orilla.
Bajo los catalejos. El metal frío me deja una marca circular en el pómulo, como una medalla al mérito por haber mirado demasiado tiempo hacia el lugar equivocado. Punta Monpás sigue allí, indiferente a mi naufragio personal, y los surfistas siguen esperando esa ola perfecta que, ahora lo entiendo, no es la que llega, sino la que uno decide surfear a pesar de todo.
Ya no quiero ser el espectador de tu ausencia. Me aparto de la barandilla y el vacío deja de ser atractivo para volverse, simplemente, aire. Entro en el salón, apago la música de esos alcohólicos franceses y dejo que el silencio del apartamento sea el primer folio en blanco de una crónica distinta.
Me pongo la chaqueta de lino, la que tanto te gustaba y que ahora solo me gusta a mí. Bajo las escaleras sin mirar atrás, con el paso decidido de quien sabe que la ciudad, a pesar de todo, sigue viva más allá de tu espalda. Cruzo hacia la calle San Francisco. Quizá en algún bar de Gros, alguien esté pidiendo un vino con la misma soledad que yo, esperando que un desconocido le pregunte por el nombre de un barco o por el sentido de una canción. Voy a buscar unos ojos que no sepan quién eres, una risa que no tenga el ritmo de tus exclusivas. Mañana será otro día de la Virgen del Carmen, pero hoy, por fin, ha dejado de llover en mi memoria.

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