viernes, 20 de marzo de 2020

PICHA BRAVA


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Lo de « picha brava » siempre le recordaba a Fernando Uztárroz un nombre de guerrero piel roja, algo así como Nube Roja, Cuchillo Mellado o Lanza Rota…  al haberse referido tanto Majors como Martínez al arquitecto como un “picha brava” esperaba encontrarse, lo había dejado para la mañana siguiente, con un guerrero bilbaino, un chicarrón del norte – Majors había comentado que había sido jugador de rugby en el equipo de Arquitectura de Madrid, un clásico del mejor rugby español -, así que le pareció un alfeñique a primera vista, bastante más joven que los anteriores, quizá acababa de cumplir los cuarenta, Roberto Fernández de Lerchundi era un tipo muy normal de algo más que ciento setenta y cinco centímetros de altura, de peso proporcionado, ojos acerados, abundante cabellera castaña y una sonrisa franca.
La intervención de su teléfono no había dado fruto alguno, conversaciones irrelevantes con alguno de los de la lista de relacionados con el difunto, conversaciones irrelevantes con algún amigo y con más amigas. Las intervenciones de los otros durante el día de la ronda de conversaciones tampoco había dado mucho más, aparte de reflejar el creciente nerviosismo del abogado Martínez de Gurruchaga. Así que Ustárroz pidió a la Dirección Operativa que se procediera a las detenciones del abogado y los dos esbirros simultáneamente y se le contestó que se haría el lunes o martes de la semana siguiente y en coordinación con la Ertzaintza para que la Operación Muelle fuera completa en sus dos aspectos, la muerte en Mallorca y los delitos fiscales en Bizkaia, lo que le pareció bien a Ustárroz, no había motivos para tener prisa.
El arquitecto tenía un despacho por la calle Elcano y tenía ganas de hablar. Efectivamente, hablando con Iñigo Arriluze se había dado cuenta de que los socios de éste habían dado un “pase” enorme en el tema de Luchana, los terrenos que él había valorado para el expediente concursal y que habían sido adquiridos a un precio declarado irrisorio, después de pasar por intermediarios ficticios habían sido adjudicados definitivamente a Ipur Beltz Etxebizitzak en un precio bien superior aunque aceptable en el mercado. Arriluze no se había mostrado sorprendido por la puñalada por la espalda que le habían propinado sus tres socios y había estudiado el dossier de la operación con él y le había pedido discreción. El arquitecto seguía teniendo buenas relaciones con todos los que habían intervenido en el desarrollo de la operación especulativa inmobiliaria, eran unos sinvergüenzas pero es lo que hay en el mundo de los negocios, decía. Semanalmente jugaba al golf con Martínez de Gurruchaga en Punta Galea y una vez al mes por lo menos cenaba con él en un “txoko” flotante ubicado en un pantalán del puerto deportivo del Abra, llamado el “catamarán”, una elegante sociedad gastronómica de nombre oficial “Mare Nostrum”, de la que eran socios alguno de los financieros y constructores con los que se relacionaban y donde gustaban de demostrar sus dotes culinarias, precisamente hoy viernes, tenían prevista una gran “bacalada” para cenar, precisó el arquitecto. Arriluze solía ir también pero lo había dejado después de casarse con Begoña, una buena amiga mía por cierto, suspiró con tristeza Roberto. Y él era la última persona que le había visto vivo de aquel círculo, pues fue el que le llevó al aeropuerto a tomar el avión a Palma, le estuvo comentando que dejaba definitivamente el mundo del tráfico inmobiliario y de las obras públicas, que se iba a salir para siempre… y se salió, desgraciadamente, de forma definitiva.
Cuando el guardia civil se fue, Roberto Fernández de Lerchundi se quedó aliviado, le gustaría haber dicho más cosas, llevaba tiempo pensando que a Iñigo Arriluze le habían asesinado, y que le habían asesinado por su culpa, que habían sido sus socios al ser descubiertos en sus manejes mafiosos, y que él empezaba a tener miedo, que no sabía de quién fiarse pero que para vivir – y vivía muy bien, soltero, en casa de su madre, propietario de pisos y locales en los que invertía sistemáticamente sus retribuciones y… -, necesitaba mantener y cuidar esas relaciones, esas apariencias de relaciones. Además, pensó, era un picha brava, era muy discreto en su vida sentimental pero los que le frecuentaban le iban descubriendo. José Martínez de Gurruchaga había descubierto que se estaba “beneficiando” a su mujer, a Maider, ésta se lo había dicho el día anterior, el abogado se había tomado la pastilla necesaria y prácticamente la había clavado contra el colchón del tálamo conyugal y teniéndola así, ensartada, le había suplicado que no le dejara por él –  lo que ninguno de los dos amantes tenía intención de hacer, lo suyo era una relación placentera y sin porvenir -, ella le había negado lo evidente, había llorado y le había dejado convencido. Toda la transcripción de su vida conyugal, inexistente en el último año anterior, se la había hecho Maider en “el picadero”; porque Roberto tenía un “picadero”, un pequeño estudio en una calle cercana, en las proximidades de la vieja alhóndiga, ahora un centro cultural, que procuraba no usar para sus relaciones esporádicas pero cuando cogía cierto cariño a alguna pues lo empleaba para sus encuentros. Ya llevaba más de un año de citas semanales, algunas semanas repetidas citas, con la mujer legítima de su compañero de partidos de golf y Roberto estaba muy contento, aquellos “polvos” le venían muy bien a su creatividad artística, más que polvos eran polvorones se decía. De todas maneras seguía manteniendo una relación similar con una licenciada en medicina santanderina con la que se encontraba en supuestas noches de guardia en establecimientos hosteleros de la costa cantábrica pero era una relación menos intensa, más de modelo y pintor, en realidad de dibujante, ella posaba desnuda, entre asalto y asalto fornicatorio, y él  dibujaba y le regalaba el resultado. El caso es que Maider después de la primera descarga, llegaba corriendo desde la galería y se abalanzaba sobre él, a veces olvidándose alguna prenda puesta o un zapato sin quitar, saboreaba lo que ella llamaba “trompa de elefante al armañac”,  esto es le sumergía el miembro en un copón de armañac de calidad y le practicaba sexo oral hasta que él reaccionaba para tener un segundo embate. Aquellos besos con sabor a armañac de después, a la hora del ángelus en las mañanas bilbaínas, eran el paraíso de Roberto. Pero  la víspera fue el relato de sus cuitas conyugales lo que acompañó al armañac y no hubo repetida erección, no hubo más intento de ruptura de catre después. Y Roberto tenía la impresión de que algo se estaba acabando.
Así que Roberto empezó a hacer un repaso mental de todas las mujeres que el último año le habían sonreído cuando les había dicho, dándoles una caricatura de ella o un dibujo esquemático -siempre llevaba material para ello en los bolsillos y siempre intentaba primero este movimiento de apertura de partida -, “Picasso decía a sus futuras amantes: señorita, yo la he conocido antes, nos encontramos en una de mis pinturas. Yo no soy Picasso, soy Roberto”.
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jueves, 19 de marzo de 2020

LOS BOCHEROS

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Mientras Majors y Galzagorri iban de misión a Colindres, Ustárroz realizaba la ronda programada de visitas a los socios de la promotora inmobiliaria Ipur Beltz Etxebizitza y a su abogado en Figueruelas y Asociados, había dejado para el día siguiente, un jueves, las restantes de los del círculo de bilbainos relacionados con el difunto. Como por las noticias de Madrid era consciente de que la información sobre los delitos fiscales descubiertos gracias a los archivos desencriptados iba a ser transferida a la Ertzaintza por decisión de la superioridad, se quiso centrar cuanto antes en los que más motivo tenían para desear la eliminación de Arriluze, antes de que las circunstancias le obligaran a interrogarlos como investigados, con todas las formalidades que el interrogatorio en dependencias policiales necesita, tanto para investigados como para testigos. Le gustaba más el modo de operar hablando en domicilios y centros de trabajo, conocer el entorno de las personas implicadas en cada caso y sacar sus deducciones. En su mente la figura del “nervioso” Martínez de Gurruchaga estaba cada vez más en el centro, de los otros no se habían intervenido más que conversaciones banales, aunque en alguna de ellas se habían dado indicios de otras actividades ilegales del mismo tipo que las que les iban a llevar al banquillo en el futuro y que los especialistas de la Unidad Central Operativa habían comprobado sin prisas pero sin pausas con los archivos de Arriluze, luego la prensa hablaría de la “Operación Muelle”.
Había dejado a José Martínez de Gurruchaga para el último del día, así, si estaba nervioso, se iba a poner más, porque los otros, lo sabía por las conversaciones intervenidas, le iban a ir relatando las entrevistas con él.
Las tres oficinas de cada uno de los socios Ortiz de Zárate, Ruiz de Azúa y Gómez de Segura se distribuían por la villa, la primera que visitó estaba en un local comercial por Uribarri, detrás del Ayuntamiento, la segunda en una entreplanta de una nave industrial por encima de Altamira y, por fin, la tercera en un edificio de oficinas, cerca de la Plaza del Sagrado Corazón. Si por fuera eran bien distintas, su interior era muy similar, la misma secretaria recepcionista telefonista muy atareada que parecía haber posado para un clásico calendario de camioneros, la misma puerta abierta por la que se veía la oficina técnica con mesa de dibujo tradicional y el plóter conectado al ordenador que dejaba caer planos enormes al suelo, la sala de reuniones decorada con fotos aéreas de edificios recién terminados, el despacho grande y desordenado pero confortable del jefe… todo absolutamente anodino, como anodinas fueron las conversaciones.
Todos y cada uno confesaron abiertamente que estaban hartos de Arriluze, un socio excelente, lleno de contactos, que siempre les había abierto todas las puertas en todas las administraciones de todos los colores, con una reputación de serio y trabajador como pocos, que lograba la colaboración de los bancos a los que convertía más en socios de cada promoción que en simple cajeros a comisión desproporcionada… y, de repente, el año anterior a su muerte había empezado a “tocarles las narices” o “los huevos” o “los cojones” con temas burocráticos y contables, viendo pegas en trámites comerciales rutinarios, exigiendo que las auditorías, hasta entonces sin problemas, fueran realizadas por un auditor que él proponía y que nadie quería en Bilbao. Y el colmo había llegado con su pretensión de salirse de la sociedad, comprarle su parte era difícil pero no imposible, lo que les fastidiaba era tenerlo fuera, la pérdida de su modo de funcionamiento con unos y otros, podía ser un competidor terrible en un mercado limitado, donde los nombres se repiten en todo tipo de obras públicas y privadas, ya estaban resignados a su salida, cuando se produjo el accidente. Los tres hablaron del accidente, trágico accidente, lamentable accidente, absurdo accidente… ninguno iba a Mallorca habitualmente de vacaciones, tampoco eran de su cuadrilla ni jugaban al mus con él después de alguna cena en un “txoko”, cada vez menos frecuentes por cierto, cada uno matizó, sin embargo Arriluze sufría con el Athlétic y se alegraba con un buen resultado por lo que, a veces, raras veces, les invitaba a cenas en los mejores restaurantes de la Villa para celebraciones…
Gradualmente en cada conversación, Ustarroz fue incrementando el tiempo que dedicaba a preguntar sobre lo que su interlocutor sabía de las relaciones del muerto con el abogado Martínez de  Gurruchaga y lo que sabía de éste fuera de lo estrictamente profesional, sus estancias en Mallorca o en Suiza, además lo hacía al final y dando muestras de interés en el tema.
Así que, cuando a última hora de la tarde se dejó caer por las instalaciones de Figueruelas y asociados, suponía que el abogado estaba ya convencido de que el Guardia Civil venía a por él y no le extrañó que le comunicara que iba a estar acompañado de otro de los abogados del despacho -ninguno de los socios de Ipur Beltz Etxebizitzak lo había pedido y, de hecho solo tomó unas pocas notas con su espantosa letra -. El compañero de Martínez tenía cara de pastor de cabras a pesar de su elegante traje de chaqueta cruzada y de sus gafas americanas de montura dorada, Enrique “Kike” Tarabussi era un penalista asentado en plaza desde hacía años.
Ustárroz insistió en el carácter informal de su visita en aras de comprobar las circunstancias que habían rodeado la desaparición  de Iñigo Arriluze y que era pronto para saber si iba a abrirse una investigación formal más allá de la instrucción seguida en Manacor que ya había dado sus frutos con dos posible autores detenidos y en prisión provisional.
Así que empezó hablando de Mallorca, efectivamente Martínez de Gurruchaga tenía un apartamento en la isla, no una casa como decían los rumores, un piso grande de casi 1.000 m2 en el corazón del casco antiguo de Palma, en el último piso de uno de los palacios suntuosos de la ciudad pero nada de particular, él envidiaba la sencillez de la casa de campo de Arriluze pero su mujer, una artista, amaba la ciudad incluso de vacaciones y en el lado norte del edificio se había habilitado un estudio de pintura, su mujer pintaba bastante y, a veces, acertaba con alguna de sus obras – un cuadro en el que se degradaban en bandas horizontales distintos tonos de naranja y marrones presidía la sala de reuniones en que estaban -, como aquel paisaje mallorquín – y señaló con la barbilla hacia la pintura, las manos inmóviles sobre la mesa -. Solía salir en  velero y alguna vez  acercarse a la playa de Es trenc, Arriluze que era un nadador se acercaba al barco y hablaban en cubierta pero no eran especialmente amigos, vecinos de escalera, vecinos en el trabajo, precisó. Cuando se casó con una de las abogadas del despacho, una mujer preparadísima, se trataron un poco más pero sin llegar a ser amigos, de hecho no era ni cliente del despacho directamente hasta que, por mediación de Begoña, su mujer, confió un par de asuntos intrascendentes a la sociedad de abogados. Pero, como los socios mayoritarios de Ipur Beltz Etxebizitza eran efectivamente socios de toda la vida del despacho, le había tratado profesionalmente en los temas de esta sociedad, temas urbanísticos sobre todo, en los que descubrió que era un gran profesional, un hombre con una gran capacidad de trabajo y facilidad para solucionar problemas que otros juzgaban irresolubles. Habían surgido pequeñas diferencias en los últimos tiempos sobre cuestiones de las que no podía hablar por deontología profesional, problemas normales en una sociedad mercantil, una compañía es como un matrimonio con más componentes y en todo matrimonio, sea o no un “ménage à trois”, hay sus problemillas. No podía comentar nada, el secreto profesional obliga, de viajes profesionales a Luxemburgo, a Suiza o a la Isla de Man pero estaba seguro que nunca había coincidido con Arriluze en algún viaje, alguna vez se habían cruzado en el aeropuerto de Loiu pero todo Bilbao se entrecruza en Loiu, así que no podía decir nada. Jugaba, todas las semanas, al golf con Roberto Fernández de Lerchundi, el arquitecto, éste era más amigo del fallecido que él pero no le había comentado nada de que Arriluze estuviera inquieto o tuviera enemigos, antes, cuando ETA estaba en su apogeo, le veía tomar precauciones pero como todos, los socios del Club Marítimo eran socios de estar en la lista de víctimas de la banda. Iñigo no era precisamente un “picha brava”, el que lo era de verdad, como se sabe, es Fernández de Lerchundi, al decirlo miró fijamente el cuadro pintado por su mujer. Al primo de su mujer, Peio López Iruraiz, claro que lo conocía, desde que se había acabado lo de ETA lo trataba menos, alguna vez les había organizado un evento festivo para el despacho y también se lo cruzaba en los “vernissages” de las exposiciones en la galería de su mujer.   No sabía nada que Peio hubiera ido a Mallorca últimamente, quizá a hacer submarinismo en Cabrera o así pero no había pasado a saludarle.
Cuando Fernando Ustarroz abandonó el despacho a las 9 de la noche, solo quedaban los tres y la recepcionista, José Martínez de Gurruchaga fue al retrete y vació su intestino como se vacía un pantano por un agujero de salida al pie de la presa.

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jueves, 12 de marzo de 2020

FÊTES DE VILLAGE

(Traduction et adaptation au français d'un monologue de MIGUEL GILA)


Les jeunes ne savent plus s'amuser, toute la journée au téléphone, à envoyer des conneries aux filles ... Bordel ! Nous, aux fêtes du village, dans le temps nous nous amusions bien, tous les garçons ensemble et les filles chez elles à préparer le goûter!
Je m’en souviens de cette année…  quand le premier jour pour commencer on avait la cocagne, nous avons mis un mât rond enduit de savon au milieu de la place et un jambon en haut et celui qui l'atteint, pour lui ! Et tous les garçons, couteaux ouverts,  qui attendaient en dessous et celui qui glissait :  Tire pour le haut ! Quelqu'un a dépassé le jambon même ! Oh, putain !
Et quand le championnat de force a eu lieu. Nous avons mis une pierre au milieu de la place, comme ça grande ! et avec un élan à une distance d'une quinzaine de mètres, il fallait la briser à coups de tête. Bibi l'a  fait, avec deux coups bien donnés et quand nous allions lui donner le prix, le con est mort, par vanité, parce qu’il avait dit : moi, sans béret, avec la tête nue. Quel couillon !
C'est que lors des fêtes, nous avons passé des bons moments car nous étions très amateurs des blagues… Ouache !
Je me souviens, il y a des années, quand ils ont mis les nouveaux fils d’électricité, de haute « trahison », que nous avons dit à Lolo  qu'ils étaient pour le linge, il a grimpé, il s'est accroché. Quand il est tombé au sol, il ressemblait à la cendre d'un cigare. Le maire a dit, que personne ne souffle jusqu'à ce que le juge arrive et le crétin de médecin disait: laissez-moi lui donner le vaccin antitétanique ! Et ce que nous avons ri ... Mordieu ! Mème son père disait : vous m’avez laissé sans enfant mais j'ai ri ...
C'est parce que le père avait été un farceur. Le papa de  Lolo un an pour le tue-cochon, il a mis toutes les poudres venimeuses qui lui avaient été données à la coopérative pour tuer le doryphore… il les a mis dans un boudin, bien pressées, et il est allé au Bar du Marché. Goûtez ! Goûtez ! Goûtez ! Tonton Titou a dit « il semble un peu trop piquant »...  furent ses derniers paroles.
Et pour bonne blague, celle que nous avons faite au pharmacien, il repose en paix depuis lors ! Il était à la pharmacie de garde, et il expédiait par la petite fenêtre, nous avons mis l’ordonnance un peu loin, il a sorti la tête pour la lire, et avec un piège pour loups, crack, !!! Et sa femme s'est mise en colère, la vieille dégueulasse. Comme ma mère lui a dit, si tu ne supportes pas une blague, quitte le village !
Aussi une bonne blague, celle que nous avons faite à Antonin, le jour de son mariage. Nous avons enlevé la mariée, nous l'avons jetée dans la rivière et on a mis une mule dans la chambre d’Antonin... et jusqu'à ce qu'il fasse jour, il ne s'est pas rendu compte ... Et le lendemain matin, quand nous lui avons demandé, il a dit: -  je n'ai remarqué que des peluches dans le museau ... Enfin, comme si ça ne se voit pas la différence dans la taille des dents. Et comme nous avons tous dit et  la queue? Il dit:  je pensais que c'était une tresse ...
Quand nous passions le meilleur moment, c'était lors des mariages. Lorsque Coco s'est marié, nous avons couvert toutes les fenêtres de boue, chaque fois qu’il se levait il disait - il fait encore nuit - et il se couchait à nouveau… l’idiot.

(Droits d'auteur: succession de Miguel Gila)

lunes, 9 de marzo de 2020

PARTIDAS SIMULTANEAS

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Ustarroz recibió la información de la Teniente Camacho a lo largo del día. Una vez identificado el serbio le fue relativamente fácil reconstruir sus pasos por las islas, así en plural, porque Kovasevic había pasado tranquilamente a Ibiza, allí había pasado unos días de relajo cómodamente alojado en un apartamento de una compatriota que regentaba un establecimiento de hostelería nocturna por San Antonio y había volado a París con un pasaporte y un billete a nombre de un conocido escritor y político francés de origen alemán. También el servicio de escucha le pasó el aviso de la reunión concertada entre los dos sospechosos pero sin poderle precisar mucho porque hablaban poco y brevemente entre ellos, posiblemente sospechando de posibles intervenciones telefónicas. Veía con más claridad que de un momento a otro debería ordenar la detención de Martínez de Gurruchaga y de los dos esbirros. Las huellas digitales, las identificaciones realizadas por la empresa que había alquilado el coche, las de las mujeres de Santanyi, los movimientos constatados…   ya le parecían suficientes para que los dos ejecutores pudieran ser condenados y una posible negociación con ellos podría llevar a que cantaran quién les había encargado el crimen pero… las pruebas contra Martínez de Gurruchaga eran escasas sin esa colaboración hipotética y el teniente no las tenía todas consigo, los serbios tienen fama de duros, los militares suelen tener una gran formación previa a los interrogatorios y quizá lo de delatar al cliente no entraba en su concepción del mundo y de la vida.
Decidió seguir personalmente con las visitas a los sospechosos, dejando para último lugar la del abogado José Martínez y solicitó que agentes de Cantabria se encargaran de seguir los movimientos del serbio y comprobar la realidad del encuentro con su colega  bilbaíno en el “lugar de costumbre” que no podía ser otro que el centro de buceo en el puerto santanderino de Colindres. Se encontró la pega de la falta de efectivos crónica de la guardia civil, el comandante le dijo que no podía desplazar a nadie para tan irrelevante misión y que de Santander menos.
Manu Majors llamó a Ustarroz para invitarle a comer al día siguiente, quería informarle que se había enterado de las costumbres de Martínez de Gurruchaga, con quién éste jugaba al golf cada semana en Punta Galea, con quién cenaba los viernes en un txoko flotante sito en un pantalán del puerto deportivo de El Abra, con quién viajaba a Lugano (Suiza) una vez al trimestre, en realidad los nombres se repetían con los miembros de la sociedad de promociones inmobiliarias, con los culos negros como Galtzagorri y él les llamaban. No tuvo tiempo de decirle nada, el teniente navarro le dijo si Galtzagorri y él tenían algo que hacer el día siguiente y si podían ir al puerto de …
Mientras llamaba a Galtzagorri que se apuntó a la misión que se vaticinaba se dirigió a la desangelada cafetería del Hotel Conde Duque donde había quedado con Ustarroz, en ella convinieron que los dos abogados debían comprobar visualmente, sin acercarse ni correr riesgos, si el encuentro entre los dos esbirros tenía lugar, nada más. Y luego avisarle y darle una descripción de lo que hubieran visto y, sobre todo, una impresión, si el lenguaje corporal de los dos delataba algo.
La idea del teniente era que la cita iba a tener lugar a la tarde, a última hora, como al atardecer pero habría que comprobarlo, o sea que si podían pasarse el día por allí, sin llamar la atención, pescando por el muelle o reparando alguna embarcación…
Al día siguiente, en cuanto El Corte Inglés abrió sus puertas, Majors y Galtzagorri entraron con los primeros clientes, media hora más tarde salían con un par de bolsas de los grandes almacenes comentando sus adquisiciones:
- ¿Cómo se llaman los dos detectives de las aventuras de Tintin? - decía Galtzagorri -.
- Hernández y Fernández en español, me parece, y Dupont-Dupont en francés, creo.
- Pues tengo la impresión de que vamos a parecer los dos detectives camuflados de tripulantes del Ramona comandado por el Capitán Haddock…
- En Colindres no hace falta que pasemos por otra cosa que por dos pijos santanderinos que acaban de desembarcar de un yate y que esperan que les aprovisionen antes de volver para casa.
Tres cuartos de hora más tarde estaban por Colindres viendo barcos pesqueros, ubicando el centro de buceo entre los locales industriales, ocupados por pequeños talleres y algún almacén de suministros, solo había un bar, La Venta, entre el muelle de los pantalanes del puerto deportivo  y el local de la empresa de buceo, dejaron el coche lo más cerca posible de este último con las bolsas de sus compras matutinas en el cofre y se dieron una primera vuelta andando hasta el último pantalán.  Como eran conscientes de que tenían tiempo se fueron andando a comer algo a un restaurante junto a la carretera nacional, saliendo del recinto portuario y que con gran imaginación se llama El Puerto pero tiene una buena relación de calidad y precio. A las 5 de la tarde entraron alternativamente al coche y se vistieron de marinos de la zarzuela Marina en un montaje hortera, con pantalón blanco, un polo blanco a rayas azules horizontales y unas gorras azules tipo beisbol pero con un ancla bordada en blanco, los zapatos náuticos los traían puestos. Luego Galtzagorri se quedó sentado en el coche mirando hacia la entrada del local y Majors se situó en la terraza de La Venta, un par de mesas adosadas a la pared, con un libro en inglés, una novela de Patrick O’Brian que ya había leído.
Era tan evidente que no era marino que no llamaba la atención de ninguno de los parroquianos, incluso una rotunda madre de familia, que cuidaba de que un mocoso que apenas andaba no se cayese demasiadas veces al agua, más bien barro porque era marea baja, desde el muelle, y que se acabó sentando en la silla que permanecía libre en la mesa que ocupaba, se dirigió en inglés a Majors, que le respondió con su mejor acento guiri.
La furgoneta rotulada DIVNA ETT se paró a las 18,30 en punto en la esquina del bar que daba hacia el aparcamiento. La moto llegó simultáneamente  a la otra esquina por el lado del muelle y los dos hombres entraron al interior de la taberna para salir inmediatamente con una jarra de cerveza cada uno, no había sitio en la terraza, ocupada por abuelas y niños y un inglés que le cantaba desentonadamente  a uno de los niños una canción infantil mientras agitaba su mano abierta delante de sus ojos, algo así como “Five small wolves”.
Los dos esbirros reían y bromeaban cordialmente al borde del muelle mirando hacia la ría, el bilbaino hablaba sobre todo y el serbio asentía, al cabo de media hora se acercaron de nuevo hacia la terraza desde la que Majors les había estado observando, Galtzagorri había desplazado también el coche y desde su interior hacía fotos con un teleobjetivo. El serbio dejó las jarras vacías en la mesa de Majors y aprovechó para leer el título de la novela, luego le sonrió, el otro se había puesto el casco y se fue en la moto hacia la carretera.
Kovasovic se montó a su vez en la furgoneta y se dirigió hacia el local del centro de buceo, aparcando frente a la puerta, Galtzagorri tuvo que mover el coche de nuevo para poder enfocarle mientras cargaba con un equipo completo negro de buceo, aletas, gafas, bombonas y plomos, luego se incorporó al tráfico en dirección de Santander.
Los dos abogados, vestidos de marineros se marcharon en dirección contraria y se pararon en Castro Urdiales ya de noche donde entraron a un aparcamiento subterráneo para abandonar su camuflaje, sentarse en una terraza y enviar las fotos a Ustarroz a través de un smartphone.
- ¿Para qué habrá cogido el neopreno? - el teniente se preguntó en voz alta, como si las paredes de su despacho le podrían responder.
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viernes, 14 de febrero de 2020

CABLES CRUZADOS

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Efectivamente, como era miércoles, Martínez de Gurruchaga estaba jugando al golf en Punta Galea, el Real Club de Golf de Neguri. Era una partida madrugadora y, salvo inclemencias climáticas de grado sumo, se reunía con Roberto Fernández de Lerchundi y “los otros albertos” Alberto Salazar-Simpson y Alberto Ortega-Munster para pisar los primeros el rocío mañanero o la escarcha de las verdes praderas. Los cuatro solo coincidían en el campo de golf con habitualidad, no eran una cuadrilla de amigos aunque pudieran coincidir en actividades profesionales, Roberto, Bobby para todo Bilbao, era un arquitecto habitual en muchas obras y promociones en las que José Martínez de Gurruchaga también había intervenido, los otros Albertos eran asesores financieros, de unos quince años más de edad que el abogado, a su edad los trabajadores del Régimen General de la Seguridad Social, los obreros, suelen llevar cinco años jubilados, pero ellos seguían en plena actividad a pesar de que se habían enriquecido durante los años en que no había dinero para los negocios ya que siempre conseguían encontrarlo para sus clientes, con un pequeño diferencial en el interés a su favor, y en tiempos de dinero barato siempre conseguían encontrar dónde invertirlo a un interés superior del que se encontraba en los mercados bancarios, así que seguían enriqueciéndose y, por ahora, sin problemas. Tenían todos un hándicap parecido, aunque fueran pasando de cerca del 10 a cerca del 20 y las partidas, con el aperitivo en juego, eran reñidas y trufadas de chanzas y pequeñas trampas, más o menos toleradas, durante cada uno de los 18 hoyos.
Desde un principio, cuando todos pusieron sus teléfonos móviles en modo avión, estuvo claro que el aperitivo lo iba a pagar Martínez de Gurruchaga, había dormido mal, sentía el hígado, cuando tenía una preocupación su hígado le recordaba que de niño había tenido una hepatitis, hepatitis curada sin más secuela aparente que un cierto color de aceituna. Intentando no pensar en la visita del guardia civil a Begoña, - la viuda de Harry le había comentado la visita en la llamada telfónica diaria que Martínez de Gurruchafa le hacía -, estuvo pensando en ello por la noche demasiado y, durante el juego, se desconcentraba mucho en los segundos golpes y en los “approachs” al “green” por lo que iba acumulando golpes en su tarjeta de una forma que no era la habitual.
Al acabar la competición amistosa pasadas las 12 del mediodía y después de acicalarse en el vestuario, los cuatro se acomodaron en una mesa de la cafetería, mientras consultaban sus teléfonos como lo que eran, ocupados hombres de negocios conectados al mundo que importa, el mundo del dinero. El hígado sin dolerle se le dobló un poco cuando la recepcionista del despacho le avisó de que el guardia civil le había ido a ver, a pesar de ello o quizá por ello pidió un “negroni” con poco hielo para acompañar las rabas y salió al exterior para pedirle más detalles a la empleada, que no se los pudo dar. Apagando el móvil, regresó a la mesa y sin sentarse dijo “Bobby me puedes dejar tu teléfono que se me ha cascado la batería”. Salió de nuevo a la terraza y compuso el número de teléfono de su mujer, la agenda automática identificó el número como “Polvorones pintureros”, dejándole en evidencia que Bobby se estaba “beneficiando” a su mujer pero no era momento de preocuparse de estos pequeños detalles. Después de hablar con su todavía esposa devolvió el teléfono a Fernández de Lerchundi, Como era costumbre, pidieron el menú del día acompañado de un Ribera del Duero y se bebió el aperitivo de un solo trago.
Estaban acabando el café, ninguno tomó postre, cuando se acercó Manu Majors a saludarle:
- ¡Coño José, que este resol quema, tienes que ponerte crema de protección cuando salgas a jugar que  se te está quedando color de filipino!
Martínez de Gurruchaga le saludó quedamente, forzando una sonrisa. El resto de la mesa rió, repitiendo excesivamente “filipino, filipino”. Tuvo que pasar por el retrete antes de coger el coche del aparcamiento. Y se quedó sentado tras el volante sin arrancar, tenía que ordenar su cabeza. No había pasado nada, nada que no pudiera arreglarse ¿Cómo se iban a remontar hasta él? Lo de atropellarle había sido una improvisación de aquellos dos tarugos, él había dado las costumbres de Iñigo en Mallorca a Peio porque le pareció que un buceador profesional podía acercarse perfectamente a un nadador y tirarle de los pies al fondo para ahogarle y todo hubiera quedado como un accidente, no se lo había descrito así pero había insistido en la afición de Iñigo a la natación en largas distancias, sin embargo optaron por atropellarle. Luego surgió lo de los gitanos, la abogada de oficio se dejó convencer enseguida por el bien de la familia de la víctima y por el puesto de trabajo en el despacho de Palma pero la guardia civil no parecía que se lo había tragado y seguían dando vueltas, sin alharacas pero estaban allí. Tuvo tentación de llamar a Maider su mujer, la polvorones pintorescos, ¡Qué borde Bobby! ¿Cómo se puede ser tan basto y de Bilbao? Pero no lo podía hacer, su teléfono podía estar intervenido ¿Habría avisado a su primo que tenía que venir al Club al aparcamiento entre las 2 y media y las 3 de la tarde? A las 3 en punto, cuando ya se disponía a arrancar, absolutamente cabreado, apareció la moto con el gordo y enseguida Peio se sentó a su lado.
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martes, 11 de febrero de 2020

ALIRON, ALIRON

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El cuartel de la Guardia Civil en La Salve en Bilbao, entre la Ría y Artxanda, entre el Campo de Volantín y las Huertas de la Villa, tiene ciertas resonancias siniestras en la memoria histórica de la ciudad, de excesos cometidos, verdaderos delitos de torturas, tanto contra adversarios del régimen dictatorial de las derechas como contra los detenidos por su presunta vinculación al terrorismo que prolongó durante años la confusa agonía del bien y del mal en Euskadi.
A Ustarroz le habían adjudicado un despacho sin luz natural y apenas amueblado para instalar su oficina  provisional de investigación, no había enchufes, alguien tuvo el detalle de traerle un inútil flexo, un boli y un paquete de hojas de papel, tuvo que pedir por favor que le dejaran enchufar con un alargador su portátil en el enchufe del despacho contiguo pero nunca consiguió enchufar el flexo, así que la fluorescente moribunda del techo fue su única luz de trabajo. De todas maneras, desde el principio pensó que iba a procurar pasar el menor tiempo posible allí.
Su esquema de trabajo era sencillo, el Juez de Manacor había autorizado la intervención de un montón de teléfonos, todos los de la familia directa del difunto, esto es mujer e hijos, los de su socio Pedro Apoita, el de Peio López Iruraiz, el de Antton Mendoza, el de Roberto Fernández de Lerchundi, los de los socios de Ipurbeltz Etxebizitza que eran algunos Ortiz de Zárate, Ruiz de Azúa y Gómez de Segura a pesar de ser vizcaínos y no alaveses, no había autorizado el de José Martínez de Gurruchaga ni el de su esposa con acuerdo del Fiscal, tampoco de Slobodan Kovasevic por no constar ninguno a su nombre, las intervenciones las llevaban a cabo los técnicos del Servicio de Criminalística pero los medios humanos eran insuficientes para analizar las conversaciones entre todos los componentes del círculo de la víctima, así que su idea era empezar con las visitas personales a los familiares y a los socios para hacerse una idea de quién de ellos había encargado el trabajo y para que se pudieran calibrar las reacciones a esas visitas por parte de “los orejas”. Tenía que empezar cuanto antes porque el Juez de Instrucción se iba a impacientar si no sacaba indicios en breve tiempo.
Llamó a la viuda para concertar una cita en su domicilio la misma tarde que llegó. Llamó a Majors para advertirle de su presencia por Bilbao y quedaron vagamente en verse. También llamó a Apoita, el socio del difunto, para saber el horario en que estaría disponible al día siguiente y lo mismo con los dos hijos mayores, tanto Iñigo júnior como Begoña, que también le indicaron su plena disponibilidad.
La entrevista con Begoña Bergareche Ibarra en la casa de Getxo fue un trámite inútil, la viuda no tenía nada que añadir, insistió en su convicción personal de que todo tenía que ser casual, que si no eran los gitanos debían de haber sido unos turistas borrachos o alguien que sí quería cometer un asesinato pero se había equivocado de objetivo, la mujer parecía haber perdido su capacidad de pensar. Ustárroz no descartó ninguna de las posibilidades que la mujer refería delante de ella. A pesar de su aspecto enfermizo, delgada y con ojeras, su cercanía provocó el mismo efecto de atracción animal al teniente que el que había sentido en Mallorca y se sintió mal, así que abrevió y se retiró a mal dormir en la húmeda habitación que también se le había adjudicado en la Comandancia de La Salve.
Manu Majors le llamó a las 8 de la mañana y le invitó a desayunar en un obrador de la Plaza Zabalgune, así que cruzó la ría por el puente Calatrava y departió con el abogado bilbaino y su mujer, mientras degustaban tostadas y cafés.
- Me encanta el método policial que siempre acabáis empleando, dar vueltas en torno a los posibles implicados hasta que alguno se pone nervioso y se chiva de algo -le comentó Lin -, como lo que cuenta es para excusarse y señalar al que desde dentro considera culpable, seguís esa pista y…
- Yo creo que tú has leído muchas novelas, el trabajo policial es ir montando un puzzle en tres dimensiones a base de pequeñas piezas irregulares que unas veces encajan y resuelven el tema y otras muchas encajan pero no resuelven el tema porque faltan otras piezas y, a lo peor, otras veces hay tan pocas piezas que no se puede ni iniciar el puzzle.
- Lo habitual es moverse, moverse y que te llegue el soplo de dentro o de fuera, si no hay soplo no hay solución – decía Majors -.
Hacia las 10 se dirigió al despacho de Apoita pero antes consultó en su smartphone los mensajes de Madrid con la transcripción de algunas conversaciones, todas irrelevantes, pero se quedó con la llamada nocturna, por lo hablado debía de ser una llamada casi diaria, de Martínez de Gurruchaga a la viuda interesándose por lo que había hecho durante el día, ésta le había contado su visita y el abogado había preguntado insistentemente sobre lo manifestado por el guardia civil pero ella refirió sus especulaciones sobre la autoría como si Ustarroz las hubiera hecho.
En el portal del edificio de oficinas, tuvo la tentación de subir a visitar las oficinas de Figueruelas y Asociados en vez de ir a ver a Pedro Apoita, la verdad es que el Juez había arrugado el morro ante la posibilidad de investigar al abogado, así que no debería asomarse de buenas a primeras por el despacho del mismo. A veces las tentaciones son irresistibles.
La recepcionista de la firma de abogados no se inmutó cuando se identificó y preguntó por Martínez de Gurruchaga, que no estaba, estaba en los tribunales, según la empleada. Los abogados siempre están en los tribunales o en una reunión fuera del despacho cuando no están en su despacho. Pensó que con el sol otoñal que hacía, él también estaría mejor en el campo de golf. Dejó su tarjeta, dijo que solo quería saludarle y se marchó.
Apoita estaba enfadado con el mundo en general, tampoco fue de mucha utilidad, en cierta forma apreciaba mucho al difunto y echaba de menos sus opiniones sobre los asuntos diarios y sobre el fútbol del Athlétic. No creía que en Bilbao se matase por asuntos de negocio,  “Eso en Euskadi no pasa” le dijo tres veces, Iñigo había tocado los huevos a sus socios de construcción posiblemente porque a veces tenía escrúpulos - “Estudió en los jesuitas” le dijo otras tres veces -, pero sus socios eran buenas personas, puteros pero de lujo, viciosos pero con fuste, delincuentes fiscales pero de misa y comunión por pascua florida, y además bien relacionados con el batzoki supremo, así que él también había pensado en esa posibilidad pero no veía a nadie capaz de hacer una cosa así. El guardia civil dedujo que Manu Majors y su Jon Galtzagorri habían hablado demasiado con Apoita sobre el asunto, esta deducción era errónea,   Apoita se había puesto a deducir por su cuenta con las briznas de información que le había dado el hijo de su socio cuando le confió la representación de los intereses de la sucesión en Ipur Beltz Etxebizitza y había deducido que la muerte violenta de Arriluze no era un crimen bilbaíno, más bien parecía castellano, esto no se lo dijo al policía.

viernes, 7 de febrero de 2020

ENTRETENIMIENTOS ARQUEOLÓGICOS

Sobre la mesa de la sociedad gastronómica está la prensa del día. El Barón de la Florida y el Marqués de Altamira la ojean después de haber preparado el menú y esperan al resto, mientras vacían una botella de tinto Algés acompañada de longaniza y de olivas en salsa de aperitivo.
- Esto de Iruña-Veleia de estos días me recuerda mis vacaciones de verano en el pueblo cuando era un renacuajo -dice el Barón de la Florida que de niño, según refiere, fue asmático y magro -, y me aburría.
- ¿Cuándo te llevaban al páramo burgalés a secarte los pulmones de la humedad de Hernani?
- Sí, era un mes de aburrimiento y aun no había descubierto la droga del balón oval – tras cortar un par de lonchas del embutido, prosigue -, con el otro chaval que había en el pueblo, nos íbamos los dos a una excavación que había abandonada en una colinilla de las afueras, en medio de ninguna parte, los arqueólogos habían dejado unas vallas y unos letreros de prohibido el paso que utilizábamos como dianas para el tiro al blanco con las carabinas de aire comprimido…
- Lo que cualquier crío toma como una invitación a explorar lo que encuentra.
- No había nada para encontrar por mucho que buscamos, así que nos dio por coger las piedras y cantos rodados que abundaban en los estratos de tierra y trabajarlos. Intentábamos imitar las hachas de piedra que aparecían dibujadas en los libros como primeros instrumentos de los trogloditas y cromañones. Te puedes imaginar que era una tarea que llevaba tiempo, golpeando piedra contra piedra, así que muchas no hicimos, nos aburríamos, quizá trabajamos unas cien piedras pero hicimos de todo: bifaces, buriles, muchas hachas de mano, puntas de lanza, cuchillos, raspadores…
- Y años después se volvieron a retomar las excavaciones y los catedráticos más prestigiosos dijeron que era un yacimiento excepcional donde se habían encontrado restos de una importante colonia de la cultura magdaleniense o algo así ¿No?
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque Hiruntchiverry me contó que en una colonia de vacaciones en que estuvo de chaval en el centro de Francia, cuando era boy scout o una chorrada similar, se dedicó a pintar las paredes de una cueva con pinturas que había visto en un libro de pieles rojas y ahora la cueva es un fenómeno arqueológico inexplicable, cerrado al público, objeto de estudio e investigación por la Universidad de Perigueux o yo qué sé...
- ¿Entonces tú crees que habría que interrogar a los chavales de Iruña de Oca sobre esas inscripciones que se han encontrado por ahí?
En ese momento llegan Galtzagorri e Hiruntchiverry con las tartas de queso para el postre
- ¿Están preparados los garbanzos con bacalao?