martes, 8 de diciembre de 2020

LA SIESTA EN CASA DE LOS PADRES DE MIKEL (V)

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Dos meses más tarde de su salida de la asesoría jurídica Numea, Zulema estaba un sábado a la mañana durmiendo en casa, el restaurante estaba cerrado por vacaciones y ella necesitaba recuperar del esfuerzo que estudiar los temas y trabajar le estaba suponiendo. El teléfono sonó en la sala y su madre respondió.

- Es Mikel Legarreta el abogado, que quiere hablar contigo.

Zulema cogió el aparato, Mikel se interesó por lo que había hecho estos meses, le dijo que el certificado de ella se estaba poniendo amarillo en la recepción y le propuso verse por la tarde para dárselo,  tomar algo y charlar. No era el Mikel de la primera conversación ni el Mikel que, distante y educado, se cruzaba con ella en los pasillos de la firma de abogados. Mientras le seguía la conversación, que duró casi una hora, ella se imaginaba su cara, sus bigotes mexicanos, no era ni feo ni guapo, más bien poca cosa, también tendría sus buenos 40 años, no estaba casado y había roto con la hermana de la secretaria lánguida hacía tiempo, la charla revelaba que parecía saber más sobre ella y sobre su vida de lo que ella pudiera haber contado a Nivelle o a alguna de las secretarias. Aceptó, por fin, una invitación a cenar en un restaurante aquella misma noche. Madre e hija salieron de compras inmediatamente, dejando a los hombres de la casa que comieran bocadillos porque ni el padre ni el hermano de Zulema eran capaces de preparar un huevo frito. A media tarde ya, Zulema se pudo vestir, después de dejarse una parte de sus ahorros en un vestido rojo que objetivamente estaba hecho para durar puesto el tiempo imprescindible para que un macho de la especie humana entrase en celo pero que, por esas cosas de la vida que flotaban en la atmósfera, encantaba a las dos mujeres.


Mikel había reservado mesa en un restaurante de Oiartzun con alguna estrella Michelin y en el que, a pesar de ese reconocimiento, se hace una cocina gustosa y fácil, Zuberoa. Su coche era una berlina familiar de potente cilindrada que no desentonaba con los demás coches de alta gama estacionados en el aparcamiento junto al río del restaurante. Mikel habló mucho, estuvo brillante, era ingenioso y además, con una memoria prodigiosa, cogía material prestado del anecdotario  de sus colegas de despacho, bebió bastante y Zulema bebió lo suficiente para sentirse cómoda. Durante la cena, Mikel dirigió la conversación a preguntar si ella tenía novio y, después de su negativa, a si había tenido antes, Zulema mintió un poco y construyó un novio juvenil de un compañero de clase en el Instituto al que apenas conocía. La insistencia de Mikel sobre si había “pecado” -eran sus palabras con ironía -, con su novio llevó a que se confesara virgen y con esta confesión su virgo se iba a convertir en un tema recurrente a lo largo del resto de la velada.  A pesar de la alcoholemia, Mikel le llevó a tomar una copa a un pub de Hondarribia en el que los asientos eran canapés de cuero, para cuando se sentaron Mikel ya había tanteado el cuerpo de la joven en un par de ocasiones al salir del restaurante y al salir del coche para dirigirse al local, así que directamente empezó a besarle como en ataques breves, sin detenerse en los labios o en la raíz de los cabellos o en las orejas donde caían sus besos, hasta que Zulema le agarró la cabeza y le besó en la boca donde sus lenguas intercambiaron restos de gintónic y demás pero no les importaba. En realidad, Zulema lo llevaba pensando desde el minuto uno de su encuentro y, desde que descubrió el efecto que el detalle de su virginidad había causado en su acompañante, había decidido que Mikel iba a ser su marido en aquel instante, que se iban a casar. No había conocido a nadie que oliera tan bien hasta entonces y menos a alguien que le hablara con tanta naturalidad de cosas íntimas, quizá Mikel era un poco viejo y su conversación se limitaba en realidad a cómo ganar dinero con el derecho, lo que le hacía sufrir la Real Sociedad y el sexo, sobre todo el sexo, en todos sus aspectos pero era incomparablamente más atractivo que cualquiera de los camareros del restaurante o de los compañeros de estudios que hasta entonces se habían acercado a ella a tan mínima distancia.

Mikel tenía un nudo en el estómago desde que había oído lo de la virginidad, nunca se había acostado con una virgen, la compañera de universidad y de militancia clandestina en un partido comunista que le desvirgó no lo era, el par de novias con las que había compartido su vida, llegando a vivir con una de ellas media docena de años, tampoco lo eran. Desde que la hermana de Mercedes unos meses antes había roto con él solo tenía relaciones sexuales con su mano derecha y, unas pocas veces, con su mano izquierda, porque la masturbación de Mikel era tan diaria como la ducha o la defecación. Así que aquella virgen pasó a ser el objetivo de su vida, ocupando el 99% de sus neuronas cerebrales, neuronas que flotaban en gintónic a las 2 de la mañana de la noche del sábado al domingo. Quizá por eso vomitó.

Entre el pub y el aparcamiento, tuvo que detenerse a vomitar en un árbol. Zulema le sostuvo y le fue pasando pañuelos de papel. No era la escena romántica que los dos habían planificado. Cuando quiso volver al pub para lavarse, éste estaba cerrado. Con el vómito el inicio de borrachera se le había pasado y pudo localizar una fuente pública donde enjuagarse la boca y lavarse. Zulema intentó besarle en la boca para animarle.

- Te huele fatal el aliento, cariño.

Ese “cariño” era una señal que la líbido erguida de Mikel captó enseguida.

- Te puedo besar lejos de la boca, muy lejos.

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