domingo, 7 de junio de 2026

CUALQUIER LUNES

 Eran las 9,17 de la mañana del lunes, el escarabajo, un notiobia cupripennis, apenas pudo esquivar la pisada firme de Zulema Agorría. La magistrada salió de su domicilio taconeando marcialmente, aquel lunes tenía mucho y desagradable trabajo en el despacho – el noventa y cinco por ciento de la justicia es despacho -. Los expedientes que había resuelto el domingo por la tarde pesaban en la bolsa de « el corte inglés » así que el escarabajo de tierra hubiera tenido nulas probabilidades de sobrevivir si le hubiera pasado por encima, de hecho sobrevivió unos segundos más, una gaviota que pasaba por allí no vio otra cosas más a mano para completar en proteínas su desayuno.

Africain, escultura de mi mujer, inacabada por ahora.


Mohamed estaba sentado en el banco en que había pasado la noche, un banco recién pintado de blanco en la plazuela – Mohamed le había llamado square en sus pensamientos, Mohamed pensaba en francés desde que había llegado a Europa, antes pensaba en peul, y los franceses utilizan un anglicismo para las plazuelas poligonales -. Mohamed observó a Zulema Agorría acercarse a su posición con su ritmo de comando paracaidista en desfile de la victoria, Mohamed estaba sentado, conservando aun la erección inevitable de la noche dentro de sus pantalones bombachos que había obtenido en el zoco de Orán unos meses antes. 

Zulema Agorría cambió de hombro el bolso bandolera de imitación de Louis Vuitton, que había adquirido en el puerto de Getaria el domingo por la mañana al llegar a la altura del banco enfrente del salón de bingo, en el banco había un vagabundo de color, posiblemente un migrante sin papeles, y pasó la bolsa de los expedientes a la otra mano. En el bolso llevaba cartera, cigarrillo electrónico, teléfono, llaveros con muchas llaves, perfume, desodorante, peine, crema hidratante, maquillajes varios, una pequeña agenda, pluma estilográfica y otros elementos necesarios para pasar el día en el trabajo.

Mohamed evaluó que aquella mujer blanca, color gachas de mijo, debía estar más cerca de los sesenta que de los cincuenta años de edad, que pesaba demasiado poco para su altura, un metro setenta, como él, y que, con cara de que le había picado esa noche alguna ladilla – phtirus pubis de nombre científico -, iba a pasar a escasa distancia de él, ya olía el Chanel n.º 5 que la rodeaba.

Entonces se rompió el bolso bandolera, el enganche plástico tenía menos resistencia que el asa de una bolsa de “el corte inglés”, y cayó abriéndose por sus costuras a los pies, calzados con unas “new balance” obtenidas en el mismo zoco de Orán, de Mohamed que se puso de pie inmediatamente para ayudar. 

Zulema, como luego contaría a la Letrada de la Administración de Justicia, se agachó a la vez y entre ambos recogieron el contenido del bolso bandolera y los metieron en la bolsa, encima de los expedientes judiciales. Agradecida le dio un billete de 5 euros que Mohamed le devolvió una primera vez, luego se lo guardó en el bolsillo del pantalón, cuya apertura se sostenía eficazmente en su enhiesta verga. Luego se volvió a sentar pensando en la cita que tenía al mediodía en la estación de autobuses con el tipo que le iba dar el billete para Baiona.

- No me lo podía creer, Canela, estos senegaleses en cuanto te acercas a ellos se excitan, menos mal que eran las nueve de la mañana, si me llega a pasar de noche, seguro que viola a esta servidora, no te digo.

La Letrada de la Administración de Justicia asintió sin palabras.

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