lunes, 29 de julio de 2019

VIDA DE FAMILIA EN NEGURI

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Por lo que sabe Manu Majors, esta rama de la familia Arriluze llegó a la costa, Neguri, desde el interior, Arrigorriaga, en los años 40 del siglo XX. El padre de Iñigo era apenas un adolescente barbilampiño al acabar la guerra en 1939, de una buena familia de ésas con escudo heráldico de piedra en la casa familiar, una pequeña fortaleza junto a la carretera, ahora calle principal, del pueblo. Dejando a un lado los estudios de Derecho, a los que la tradición familiar le conducía, supo colocarse en el mundo de la compraventa de chatarra en aquellos de autarquía y se fue metiendo en la industrialización de Vizcaya, haciéndose una agenda de contactos entre funcionarios del régimen que le permitió ascender socialmente, lo que ratificó con una casa-villa en el barrio aristocrático. Para cuando las fronteras económicas saltaron ya se había colocado en la energía y en las fianzas, siempre llevado por una inteligencia que le permitía adelantarse a otros en el mundo de los negocios y en los felices sesenta también estaba en el mundo inmobiliario, así que la familia Arriluze hizo su transición del régimen dictatorial al régimen admisible en Europa montada en la ola y actualmente es Iñigo quien, fallecidos sus padres en torno al cambio de siglo, gestiona la buena posición alcanzada en la red del capitalismo español.
La madre de Iñigo era la hija de un educado francés que se refugió en Bilbao al caer la Francia de Petain en manos de los vencedores de la II Guerra Mundial, al parecer no era bueno para su salud permanecer en territorio francés. La familia Saint Lon les Mines se hizo tan bilbaina que la madre de Iñigo, que llegó siendo una niña, nunca tuvo acento francés alguno. El matrimonio solo tuvo un hijo, Iñigo, al que se formó en Ingeniería Industrial pero al que su padre lo tuvo completando estudios de contenido financiero y haciendo prácticas por Zurich, Londres y Luxemburgo, donde también había ido estableciendo una extensa red de contactos, así que Harry Arriluze ha seguido la estela de su padre y ha podido ir mejorando sus posiciones pero siempre con discreción, nunca aceptando puestos de relumbrón en directivas de Clubs y de Sociedades a las que tan aficionados son otros financieros bilbainos, incluso de menos fuste que él.
La delicada salud de la madre no le impidió dedicarse a la adquisición de obras de arte, sobre todo buenos cuadros de reducido formato, conformando un pequeño museo por las casas de Neguri y Arrigorriaga, la colección perdió la presencia de sus piezas más valiosas cuando el padre, siempre previsor, tuvo la intuición de que la muerte de Franco iba a traer tiempos de zozobra al país, intuición posiblemente la sola fallida en su vida económica, porque esa intuición le había llevado a ser de los primeros en invertir en Baqueira Beret o en Marbella, por ejemplo, para combinar el ocio y el negocio.
La primera esposa de Iñigo fue Begoña Ibarra Bergareche, también de una buena familia de Neguri, tuvieron dos hijos Iñigo y Begoña que actualmente deben andar entre los cuarenta y los cincuenta años de edad. Poco después de la muerte de los padres de Harry, a Begoña se le descubrió un cáncer que, a pesar de ser tratado en los mejores centros médicos de Bilbao, Pamplona, Madrid y Houston, acabó con su vida.
La esposa actual es Begoña Bergareche Ibarra, sin ninguna relación de parentesco con la anterior, pero también de Bilbao de toda la vida. Aunque Iñigo anduvo unos años un poco perdido, entonces es cuando cogió el hábito de aislarse durante unas semanas al año, hacia el mes de junio, en una chabola de Mallorca sita en un terreno rústico que había recibido en una dación en pago de un crédito incobrable para una de sus sociedades, se tropezó en un ascensor con aquella chica, tendría los años de su hija o incluso menos, que empezaba aquel día a trabajar en un despacho de abogados sito encima de sus propias oficinas, y pronto se descubrió intentando coincidir con ella a la entrada o salida del trabajo o subiendo a la firma de abogados para hacer personalmente gestiones que nunca hacía. Fue fácil empezar a intimar con ella, aunque vestía con la discreta elegancia de muchas abogadas bilbainas y era más bien pequeña, tenía una agilidad mental y un sentido del humor que cambiaron la vida del viudo. Enseguida además le dejó las cosas claras, ella no iba a ser su amante o nada parecido, así que matrimonio en perspectiva o cada uno por su lado. La boda fue en la intimidad de una Iglesia de Algorta, la Parroquia de San Ignacio de Loyola en vez de en la Basílica de Begoña, y al banquete en los Tamarises solo asistieron poco más de 200 invitados, incluso sus dos hijos, que aceptaron resignados la boda previo soborno generoso de su padre y firma de protocolo familiar en el que se expresaba con claridad el devenir de la fortuna familiar. Y después del matrimonio, al contrario de lo que sucede muchas veces, Iñigo descubrió que su nueva esposa gozaba verdaderamente con el sexo, la nueva señora Arriluze era apasionada de día y de noche, abierta a todo tipo de experiencias que ella misma buscaba en Internet, no hacía remilgos a ninguna práctica propuesta e incluso las perfeccionaba con su práctica diaria, incluso cuando se quedó embarazada e inmediatamente de poder volver a ello, después de la maternidad, la pareja siguió teniendo sexo prácticamente a diario. Solo durante la semana que Iñigo pasaba a solas en la chabola de Mallorca se puede decir que cesaban las lides amatorias entre ambos, pero en cuanto ella llegaba a la isla, habiendo dejado al niño con los abuelos, empezaban los “días hippyes”. La chabola era un galpón para aperos en el que había una cocina y una habitación para el resto de actividades como todas dependencias, el retrete y la ducha estaban en un cobertizo para animales anexo al mínimo edificio, disimulado detrás de unas palmeras chatas, que se encontraba en medio de campos poco trabajados y al que se accedía por una pequeña pista de doscientos metros que nacía de otra pista un poco más ancha y que por un tejido de pistas cada vez más amplias acababa en una carretera que conducía desde las proximidades de Campos a la playa de Ses Covetes. Así que ambos dos estaban muchas horas desnudos o con algún pareo, había siempre varios por el suelo o los muebles para cuando venía el cartero o algún recadista con bebidas y alimentación, y copulaban como dicen los científicos que hacen los bonobobos en la selva y solo abandonaban aquel jardín del Edén para ir a la playa o salir en el velero que Iñigo alquilaba en Colonia Sant Jordi para recibir alguna vista de amigos de Bilbao, aunque Begoña prefería que alquilase uno pequeño, sin tripulación, para perderse los dos solos y libres por alguna cala aislada de las islas.
El día en que la muerte de Iñigo acabó con el paraíso, Begoña había cogido el vuelo en Bilbao a la misma hora en que su marido salió a hacer un poco de “running” - Iñigo corría tres veces a la semana con el fresco del amanecer estuviera donde estuviera -, oyendo música clásica en los auriculares. Iñigo no vio ni oyó venir el todo terreno que le embistió por detrás y le lanzó, ya muerto posiblemente, mucho más allá del muro de piedras apiladas que bordeaba la pista.

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