martes, 13 de agosto de 2019

DE GOIZUETA DE TODA LA P. VIDA

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Para un funcionario que lo destinen en Mallorca puede ser un castigo o un premio. Para Fernando Ustarroz que en su ascenso le destinaran a la isla de Mallorca en vez de a Madrid, como era de esperar por sus buenos resultados en Galicia, había sido consecuencia de responder con sinceridad a lo que le preguntaban sus superiores. Ya le había pasado en su anterior ascenso, le dijeron que le iban a ascender y mandar a Francia, adscrito a la Embajada, donde dominando el francés y con su idioma materno, el vascuence, podría ser de gran utilidad pero le preguntaron su opinión sobre la labor del CNI en Francia en su lucha contra ETA y la dio, el resultado es que le ascendieron a patrullar en una comandancia perdida de la Costa da Morte. Y ahora, después de demostrar su eficacia en varios asuntos relacionados con el tráfico de estupefacientes y la quema de montes, pasadas brillantemente las pruebas en los cursos de capacitación, le preguntaron su opinión sobre el incidente de Alsasua, un intento de linchamiento festivo a un par de miembros del cuerpo y a sus parejas en un pueblo navarro, y la había dado, así que, en vez de ir a la Unidad Central Operativa en Madrid como esperaba, le mandaron a la Brigada de Policía Judicial de Palma de Mallorca, teniente, eso sí, pero en una isla que te aprisiona seis meses con otros cuatros pájaros aburridos y resignados a vivir enjaulados y que te agobia otros seis meses cuando toda la fauna europea va llegando a emborracharse y aparearse en las Islas Baleares, porque además de Mallorca hay otras perdidas islas más pequeñas alrededor. 
Fernando Ustarroz, teniente de la Guardia Civil, natural de Goizueta en Navarra pero casi en  Gipuzkoa, era un engendro imposible ¿Se puede ser de Goizueta y guardia civil? Cualquiera del pueblo que se lo pregunten dirá que no, que allí un joven puede ser de ETA, de Bildu, de Batasuna, de Euskal Herritarrok, de EGI, del PNV o ser pelotari, nekazari, bankari, mekaniko, palankari o lo que toque pero guardia civil jamás. Pues Fernando Ustarroz, entre cubatas en Hernani y bailes en Leitza, mientras sus amigos se iban decantando por una vida de langille normal o de estudios normales, él optó por joderse la vida y la de su familia – en realidad el padre que siempre había sido un raro en el pueblo le apoyó pero el padre se murió enseguida-, haciéndose guardia civil.
Como en Goizueta son buena gente en el fondo, a la madre y a la hermana más bien las compadecieron y cuando la hermana se casó con un chico del pueblo, un chico normal del pueblo, y a su boda no apareció Fernando, el pueblo barrió los últimos escrúpulos que le quedaban para tratarlas como antes.
Fernando Ustarroz estaba solo en Palma. En tiempos de adolescencia, tuvo una novia de Leitza que le había desvirgado y que le dejó enseguida por otro, un bronquista fanfarrón y jugador de rugby en el equipo de Hernani, él estaba muy enamorado y la decepción le había dejado muy amargado y más callado que antes. Había conocido algunas chicas que si en la academia, que si en salidas con compañeros y algunas compañeras del cuerpo, no había encontrado ninguna que sacara el clavo que llevaba dentro. Tampoco tenía muchos amigos, haciendo carreras al amanecer por Palma de Mallorca, coincidió con un guineano varias veces, resultó un tipo simpático que era sacerdote para varias parroquias y trabaron una cierta amistad, las tardes de los largos domingos del invierno gris de la isla se reunían para tomar algo e ir, a veces, al cine pero era el cura el que más hablaba mientras Fernando escuchaba, o no, lo que le contaba.
Aquella mañana de junio, al entrar en la Comandancia oyó que se comentaba que en Sa Punta había habido un atropello de un viandante y que el causante había huido pero él estaba ocupado con la entrega a la Policía Belga de un pederasta que se había refugiado en Mallorca para pasar un apacible invierno cerca de la Cartuja de Valdemossa y que, siendo imposible para él de no practicar sus aficiones, había acabado llamando la atención de unas madres que cuidaban sus niños junto a unos juegos infantiles de un jardín público. Detenido, identificado, hecho todo el papeleo, solo faltaba que los colegas belgas llegaran a recoger su paquete a media mañana, así que no hizo mucho caso del “hit and run” del que se hablaba. En su despacho repasaba el expediente y la redacción del acta a firmar, cuando entró la teniente adjunta al Comandante con unos folios que le pasó mientras le decía:
- Ustarroz, que dice el jefe que te pongas de paisano y que vayas ya a Campos, que parece que hay muchos indicios de que un atropello que ha habido no sea un homicidio imprudente sino un asesinato planificado, así de paso conoces la nueva comandancia. Dame los papeles del flamenco perverso que ya me encargo de que salga para su pueblo cuanto antes…
 El Comandante no gustaba de que se investigasen los asuntos importantes de uniforme, el uniforme alejaba la colaboración de los testigos, y tampoco gustaba de las dilaciones, ni de Ustarroz -se le había escapado su pensamiento de que el navarro estaba allí para cubrir la cuota de gays que era obligatoria de soportar en cada plantilla-, así que el Teniente Ustarroz acomodó a la Teniente Camacho frente al ordenador, echó una ojeada a los mensajes de la Comandancia de Campos y regresó para cambiarse al triste apartamento compartido que se encontraba en el portal más próximo del edificio de la Comandancia en la calle Manuel Azaña, le encantaba este nombre, de Palma.
 Mientras hacía esto iba pensando que la Teniente Camacho estaba muy bien, debía estar casada pero era una tentación en aquel reducido mundo de machos, era de suponer que su carácter, tenía una forma muy dura de tratar a todos, se había forjado a base de defenderse de todos los acosos. La teniente Camacho, sin embargo, se había quedado pensando en que Ustarroz disimulaba muy bien que era homosexual, como su tío el Teniente Coronel le había asegurado.

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