miércoles, 18 de diciembre de 2019

RITOS DE CORTEJO Y FECUNDACIÓN

 Este folletín por entregas irregulares comienza en


Cuando Begoña Bergareche Ibarra coincidió con Iñigo de Arriluze y Saint Lon les Mines en el ascensor por primera vez pensó que era un viejo elegante. Como llovía, ambos habían entregado sus paraguas al conserje del edificio y se sacudían las gotas que inevitablemente les caían de las mangas sonriéndose mutuamente, Iñigo dijo una simpleza sobre la fina lluvia que la brisa pulverizaba en aquella mañana bilbaina y que tan necesaria era para el equilibrio mental de la población de la villa, presa por unas semanas de una de esas sequías cada vez más largas del otoño vasco. Begoña le respondió con otra tont
ería tan tópica como cualquiera de las que se dicen en esas situaciones.
El viejo elegante empezó a asomarse por el despacho de abogados en que Begoña trabajaba y a entablar conversaciones intrascendentes sobre acontecimientos culturales locales, dejando caer que le había visto en alguno de los conciertos de la Filarmónica, como de hecho también ella empezó a verle en tales conciertos según la temporada iba avanzando. Poco a poco, aquellas conversaciones y encuentros tan intrascendentes, fueron transformando la imagen de Iñigo, en los ojos de Begoña, en la de un maduro bien conservado e, incluso, en la de un hombre mayor pero interesante y Begoña pasó de compararlo con su padre a compararlo con su novio, mejor dicho con su exnovio, porque, aunque había sido su novio durante diez años, diez largos años vistos desde aquella actualidad de Begoña, había roto con Valentín justo antes del verano para disgusto de ambas familias, la de Begoña que veía muy bien el inevitable matrimonio de su hija con el primogénito de una familia industrial tan arraigada en el Señorío, los Carvajal, cuya actividad industrial proveía de armas y explosivos a ejércitos de todo el mundo.
De hecho Valentín de Carvajal y Gil-Merodio había sido el único novio conocido de Begoña y, este detalle no lo conocía la familia, quien le había desvirgado en una nochevieja de mucho alcohol durante una elegante fiesta en el chalet familiar de las Arenas, porque Begoña había llegado virgen a 2º de carrera, cosa bastante infrecuente para una joven nacida entre los ochenta y los noventa años del siglo pasado. Aquella penetración un poco sorprendente para los dos posiblemente, estaban buscando el abrigo de Begoña que había dejado con los de otros invitados sobre una de las camas de una de las innumerables habitaciones de la casa, cuando cayeron sobre el montón de prendas mientras se besaban con lujuria juvenil y muchas babas, así que siguieron metiéndose las manos en las mismas zonas íntimas en las que habitualmente lo hacían en coches y rincones oscuros, hasta que Valentín le quitó las bragas rojas y se las colocó él mismo a modo de sombrerito de fiesta
y mientras Begoña le miraba con más curiosidad que otra cosa desde su nube de champagne, una tetilla al aire y las piernas con los zapatos de tacón dirigidas en diagonal hacia una cenefa de flores de lis en el estuco que decoraba las paredes, Valentín acertó a bajarse pantalones y calzoncillos y abalanzándose sobre ella a introducir su erección hasta el límite de su palmo y medio de longitud, luego emprendió un vaivén, “se masturbó en mi interior” pensó Begoña unos días más tarde, hasta que eyaculó. Y aunque aquella decepcionante experiencia, con limpieza insuficiente posterior y regreso sola en taxi a casa, quizá hubiera merecido ser la última entre ambos, fue el inicio de su noviazgo de verdad, sin embargo. Cuando, después de unos días de zozobra, tuvo seguridad de que no estaba embarazada y los dos pudieron llegar a la primavera tranquilos, se hicieron la pareja indisoluble que no se separaban ni en la universidad ni en los fines de semana y, después de unos meses de preservativos, Begoña pasó a la píldora anticonceptiva, ya que la rutina del coito después de estudiar juntos en una de las dos casas o en las excursiones de fin de semana y vacaciones, se impuso y las familias tácitamente aceptaron aquellas relaciones prematrimoniales como inevitables, porque eran claramente prematrimoniales, sobre todo cuando Valentínsee incorporó al negocio familiar y Begoña empezó de pasante en Figueruelas y Asociados. Pero Valentín bebía mucho, incluso para ser de Bilbao bebía mucho, y tuvo algún disgusto por dar positivo en controles de alcoholemia y Begoña cada vez veía más claro que su novio y futuro marido - se iba acercando a la edad límite de la treintena que su madre enfocaba repetidamente como meta a alcanzar casada, como todas sus amigas ya habían hecho -, era un alcohólico y cuando al regreso de un viaje de negocios a Arabia Saudita, “allá no voy a beber nada” le dijo al despedirse, se le cayó una papelina de cocaína del bolsillo, al sacar la joyita que de regalo de había comprado en el “duty free” del aeropuerto de Barajas, Begoña se plantó, la verdad es que lo llevaba rumiando demasiado tiempo y le mandó literalmente “a tomar por culo con tus amigos del Landachueta”.
Así que llevaba más de un año, cumplidos los treinta sin trauma alguno, descansando de píldoras anticonceptivas y de novios babosos, saliendo con sus amigas que ya estaban en edad de irse separando o divorciando, sublimando las ganas de sexo con relajantes sesiones de juegos digitales que le resultaban más satisfactorios que los fornicios atléticos con Valentín, haciendo vida sana por los mejores gimnasios de Bilbao y siendo bastante feliz pero sin apercibirse de ello.
Cuando Iñigo de Arriluze le invitó, en el ascensor, a un concierto de rock en el BEC que se iba a celebrar un par de meses más tarde y nadie en Bilbao lo sabía aún no le sorprendió, quizá lo del concierto de aquella estrella internacional sí, pero la invitación a algo, lo que fuera, no. Y después de aceptar aquella invitación a meses vista, también aceptó una primera invitación a una cena informal en una taberna de las “Siete calles” y a una cena más formal después del concierto de la Filarmónica e Iñigo empezó a llamarle con frecuencia semanal pero sin quedar para salir muchas veces, sino para charlar un rato antes de dormir, así que a las tres semanas de aquella primera invitación comenzó a tomar la píldora de nuevo.
La vuelta a la anticoncepción coincidió inmediatamente con una mayor presencia de Iñigo en su vida, comían el menú del día del figón más próximo al despacho juntos, Iñigo cambió su abono para estar sentado a su lado en los conciertos, a veces le llevaba en coche hasta su portal después de recogerla a la salida del gimnasio y, cuando los besos en las mejillas se convirtieron en besos en los labios, Begoña devoró aquellos labios hasta que él tomó un respiro para proponerle un largo fin de semana juntos en Biarritz.
Así que después de cambiar las citas profesionales del viernes, un jueves a las 6 de la tarde salieron en el coche del financiero desde Bilbao, la capital real de Euskal Herria, hacia Biarritz, el verdadero balneario imperial de Euskal Herria.
El Hôtel de Silhouette no tiene vistas, en realidad hay que subir a la terraza para otear el mar y las montañas en el horizonte, pero no necesita las vistas, bien situado junto al mercado y las calles comerciales, es un pequeño hotel de lujo y confort. Dejaron las maletas en la habitación al llegar, la hora de cenar en Francia, Begoña apenas pudo ver que la habitación daba a un jardín arbolado, Iñigo le trataba como con miedo de molestarla o atosigarla, cenaron en un bistró de la misma calle, una mesa alta situada sobre un suelo trasparente que dejaba ver una bodega, la cena estaba deliciosa pero ninguno de los dos tenía mucho apetito de comida. Iñigo le hablaba de viajes de niño a Biarritz con su madre y su cuadrilla de amigas pijas para dejarse las pesetas de la sisa a los maridos en boutiques, grandes almacenes y pastelerías barrocas, y sus ojos eran de un niño asombrado, un niño que estaba admirando el pastel que se iba a devorar.
No sonaban las 10 en la iglesia de la Plaza y Begoña se estaba desnudando en el reducido baño de la habitación, su cuerpo era hermoso, horas de ejercicio y vida sana, su pecho se sostenía en su volumen de refrán -”la buena teta en la mano quepa” se dijo -, después de dudar se dejó las bragas y asomó la cabeza, Iñigo estaba descalzo pero con la camisa abierta, un poco de tripa de cincuentón, con la luz encendida,
- Apaga la luz, desnúdate y métete en la cama – le pidió sin abrir la puerta del todo mientras se quitaba definitivamente las bragas con la mano oculta -.
- Te quiero ver – dijo él y se desnudó inmediatamente, dejando con cuidado su ropa en la silla de debajo la televisión -.
Luego él se volvió desnudo y ella pudo observar su miembro medianamente erguido ya, grueso, el doble de diámetro que el de Valentín, su medida de comparación, él abrió la cama y se tumbó sin cubrirse mirando hacia ella que salió a la luz con los brazos abiertos hacia él como una Inmaculada de Murillo tiene la actitud de ofrecerse al espectador – Iñigo no pudo evitar hacerse mentalmente esta comparación - . La reacción masculina fue inmediata y completa, como la barrera de un aparcamiento, la verga se alzó del todo automáticamente a aquella señal de la mujer.
Él apagó la luz cuando ella se acostaba. No hubo muchas palabras, se acariciaron y se besaron, Iñigo con una lentitud casi exasperante, Begoña con voracidad, como si el tiempo le fuera a faltar.
- ¿Hace falta que me ponga condón? - Preguntó después de percibir en sus dedos que la situación estaba ya como la colada de acero al rojo blanco -.
- Si no me vas a contagiar nada, no. Desde que te vi la primera vez – ella mintió inconscientemente -, estoy tomando píldoras anticonceptivas.
Y él la penetró con la misma lentitud y cariño y enseguida encontraron un ritmo conveniente para ambos hasta que Begoña tuvo el primer orgasmo de su vida en pareja y supo que quería más, muchos más, con aquella persona, con aquella persona que roncaba ya a su lado ¿Cómo lo había hecho? Panza arriba, Iñigo no se despertó ni cuando Begoña encendió la luz para observarle, la erección seguí allí sobrepasando aquel comienzo de tripa cervecera, así que se sentó a horcajadas encima de él, se colocó el miembro en la entrada del receptáculo vaginal y empezó a marcar un ritmo, su ritmo, que acompañaban las olas de la resaca que le parecía oír a lo lejos.
Fueron tres días y tres noches que a los dos les parecieron un sueño y toda la vida a la vez. La vuelta hacia Bilbao por la autopista les puso un humor triste al principio, pero para la altura de la frontera, Iñigo ya le había preguntado si cuándo se casaran ella iba a seguir tomando la píldora, ella le dijo que no había planeado ni casarse ni tener hijos. A la altura de Deba sonó el teléfono, era la hija de él, otra Begoña, que le saludó, dejando en evidencia que su padre le había confiado sus planes y que les invitaba a cenar si no estaban demasiado cansados. Pasando Eibar, Iñigo le confesó que sus hijos estaban encantados con que su padre tuviera novia, que la novia fuera más joven que ellos, que esperaban que se casara y que tuviera algún hijo más...
… El tiempo, sin embargo, había pasado y Begoña Bergareche Ibarra recordaba todo esto dos meses después de que un asesino hubiera acabado para siempre con aquel madurito interesante que le echó los tejos en el ascensor del despacho, lo recordaba en bucle, una y otra vez, mientras se paseaba sola por aquel enorme piso, museo de sus recuerdos compartidos, solo el niño, ahora con los abuelos maternos en la playa de Plentzia, le mantenía viva.

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