jueves, 22 de agosto de 2019

LA CASA DE ADOBE

 Este folletín por entregas irregulares comienza en

Capítulo precedente
- Es una casa de adobe, una chabola para guardar aperos de labranza, apenas 30 metros cuadrados abajo y la mitad en la entreplanta – Iñigo Arriluze Bergareche explica al secretario del Juzgado y a los guardias civiles que desbordan la parra que da sombra con dos palmeras enanas en la entrada -, cuidado con el suelo de la entreplanta, no creo que resista más de dos personas y hay que andar agachado por ahí arriba…
Nadie ha puesto inconveniente a la actuación de los investigadores, el Teniente y el Secretario se asoman al interior y se apartan para dejar pasar a los números que van a efectuar la tarea, la familia permanece sentada y silenciosa en los muebles del exterior, salvo Iñigo que no puede callar.
- A mi padre le gustaba venir en junio a pesar de que es un mal mes porque todas las juntas generales de las sociedades se celebran estos días y él estaba en muchos consejos de administración pero hace unos años – y dirigió su mirada a la viuda, como queriendo explicar con el nuevo matrimonio este cambio en la vida del fallecido -, repartió las acciones de las sociedades entre mi hermana y yo, así que ya no le era necesario quedarse en Bilbao, aunque a algunas de las que se quedó mandaba a un representante con plenos poderes, su contable Apoita Sopeña con el que montó la oficina hace años, pero él se traía aquí trabajo, se pasaba una semana analizando y estudiando las sociedades y otra semana de vacaciones con su pareja, con su mujer.
Ustarroz anotó mentalmente que Iñigo había dicho pareja y luego rectificó para decir mujer. De vez en cuando uno de los guardias que hacían el registro salía y enseñaba algo al teniente, el ordenador portátil, llaves USB, carpetas, cuadernos… éste hacía que se lo enseñasen al secretario judicial o letrado de la administración de justicia, como él les precisó al presentarse, y luego introducía el objeto en un sobre enorme, al cabo de una hora, la diligencia no duró más, el retrete de la cuadra abierta a un par de vientos se examinó en un minuto, los sobres se acumulaban en la mesa de madera de teka y allí mismo se leyó el acta, se firmó por los presentes y el Juzgado se ausentó así como dos guardias civiles que se llevaron los sobres.
- ¿Sabe los códigos o claves que usaba su esposo? - Ustarroz preguntó -.
- Claro, se los anoto – Begoña escribió con cuidada letra dos combinaciones de letras y números en un cuaderno que había sobre la mesa -.
- Usaba el número del dorsal de un jugador del Athlétic, el primer apellido de ese jugador y el año de su nacimiento para la clave más usual y el año de nacimiento de otro jugador, su segundo apellido y su número de dorsal para la clave más especial – Precisó el hijo con una sonrisa -, y para recordarlo tenía la foto dedicada de los dos encima de la mesa del despacho.
Ustarroz les informó que el coche seguía sin aparecer, que tenían pistas sobre algunos sospechosos pero que no les podía decir más y les prometió que, en la medida de lo posible, les tendrían informados.
Cuando el teniente se fue, llegó el abogado de Figueruelas y Asociados acompañado de la Procuradora de los Tribunales excusándose por no haber llegado antes, pero traían la noticia de que el Juez había autorizado el traslado del cuerpo a Bilbao, así que las dos mujeres se pusieron en contacto con las empresas funerarias y con la parroquia para organizar el funeral y el entierro.
Los dos hijos fueron a despedirse de su padre por la tarde, ya en el tanatorio de la funeraria, la viuda se quedó fuera, luego los tres devolvieron los coches alquilados tanto por el difunto como por los hijos y volaron hacia Bilbao.
El teniente Ustarroz se dedicó por la tarde y la mañana siguiente a examinar los documentos y archivos informáticos, contenían información financiera de muchas sociedades, en alguno de los documentos había anotaciones indudablemente efectuadas por el difunto, signos de interrogación en una línea de una memoria o en una cifra de una cuenta de explotación pero nada que atrajera la atención del investigador. No pudo abrir dos archivos encriptados en una de las llaves USB a pesar de las claves, la apartó para enviarla en su caso a Madrid, a los servicios informáticos que podrían abrirlos en caso de que fuera necesario.
De la Comandancia de Barcelona le mandaron un fax con la documentación que se había empleado para alquilar el coche que podía ser el que andaban buscando y un pequeño informe. En resumen, una empresa especializada en suministrar vehículos para rodajes cinematográficos había sido contactada por una productora alemana para que le consiguiese a uno de sus ejecutivos un todo terreno para ir a visitar unas localizaciones por los Pirineos, el alquiler no había vencido y nadie estaba inquieto. El teniente se inclinaba a pensar que aquel era el coche, sobre todo porque no habían encontrado ningún otro que pudiera ser en la isla.
Y el coche apareció y era ése. Apareció a los dos días por la noche y además se pudo detener al que lo conducía y a su acompañante. Lo hizo una patrulla de la Policía Nacional que se encontraba en la entrada principal del barrio de La Soledad de Palma por aquello de controlar a los compradores que iban a adquirir drogas por los centros comerciales clandestinos que se encuentran en sus modestas casas. Los “maderos” avisaron a los “picoletos” inmediatamente y el coche se encontraba en el garaje de la Comandancia para ser examinado por la científica a la mañana siguiente, aunque el sargento de guardia inmediatamente confirmó que había los típicos restos de un atropello en el parachoques.
Todo el clan familiar de los dos jóvenes detenidos estaba reunido en la entrada de la Comisaría de la Policía Nacional -no se habían enterado del envío efectuado entre ambas fuerzas -, entre gritos y llantos proclamando la inocencia y la injusticia del arresto de los dos primos, porque se trataba de dos miembros de una misma familia muy conocida en el barrio de La Soledad, los Jiménez Fidedigno, así que el sargento pudo actuar con tranquilidad y los dispuso en dos calabozos lo más separados posible para que tuvieran que hablar a gritos y el agente del pasillo pudiera ir tomando nota de lo que se decían.
El teniente Ustarroz llegó a la entrada de la Comandancia al mismo tiempo que las primeras exploradoras del clan preguntaban al de puertas si los niños se encontraban allí, ya se había avisado al abogado del turno de asistencia al detenido y en cuanto éste llegase se podía empezar con el interrogatorio.
Para cuando la abogada se presentó, en manos del investigador había un primer informe sobre lo encontrado en el vehículo: restos humanos en la parte delantera externa y secuelas en la carrocería de un atropello muy violento, abundantes huellas digitales de uno de los detenidos en el volante y de los dos por todo el interior, manchas de actividad sexual en los asientos traseros, envoltorios vacíos de drogas por el suelo, latas de bebidas… También un resumen de lo que se habían hablado a la noche y que dejaba claro que no mencionaron nada relacionado con el homicidio sino más bien de que la Providencia había abandonado aquel coche con las llaves puestas y que la Caridad lo había recogido.
Sus subordinados en la brigada comenzaron con el interrogatorio del mayor de los dos, el llamado José Pablo Jiménez Fidedigno, de diecinueve años de edad, vendedor ambulante actualmente en paro, con alguna detención anterior y sin antecedentes penales. Ustarroz observaba en la mesa de al lado y era observado por la abogada, el interrogado le daba la espalda, enseguida se dio cuenta de que el detenido no tenía nada que ver con el suceso que estaba investigando pero que era, a todas luces, el culpable ideal.

Capítulo siguiente

No hay comentarios: